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La tristeza del mundoUn pintor elige su obra favorita: Felipe Pino y “La iglesia de Auvers-Sur-Oise”, de Van Gogh. publicado en el suplemento de cultura Radar del diario Página 12 el 31 de diciembre de 2006
“Esos cuervos pintados dos días antes de su muerte, no le abrieron a Van Gogh, como tampoco sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero a través de la puerta, por él abierta, de un enigmático y triste más allá, abren a la pintura pintada, o mejor dicho a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de una más allá posible, de una posible realidad permanente.
No es común ver a un hombre, que lleva en el vientre el tiro que lo mata, poner en una tela cuervos negros sobre una especie de llanura quizá lívida, vacía en todo caso, en la que el color borra de vino de la tierra se enfrenta desesperadamente con el amarillo sucio de los trigales”.
A veces pasa así con la pintura: la pintura te lleva a un lugar, pero el lugar también te lleva a la pintura. Cuando estuve frente a L’église D’Auvers-Sur-Oise en el Musée d’Orsay, sentí una singular emoción. Me refiero a una obra de Van Gogh que simultáneamente hiere y acaricia el alma.
Unos días después fuimos con mi mujer a Auvers-Sur-Oise. Visitamos el pequeño cuarto donde Van Gogh vivió, el cuarto y la humilde silla de paja, como la de Arlès. Es un lugar que está a 35 kilómetros de París, al que llegás después de un trasbordo en un antiguo tren de dos pisos. En el Ravoux se puede comer y ver un video con fotos muy viejas del albergue, que es albergue desde hace muchos años. Es muy emocionante: creo que Van Gogh pintó un cuadro por día, durante los dos meses que vivió ahí. Y en los lugares en los que se instaló para pintar, hay una reproducción del cuadro que pintó: por ejemplo, en el lugar desde el cual observó la iglesia para pintarla, está la reproducción del cuadro de la iglesia.
Al salir, vimos pasar un hombre anciano con overol, transportando su carretilla, como en aquel tiempo. Es como si el tiempo en este lugar estuviera completamente detenido. Luego nos trasladamos hasta el cementerio para ver su tumba y la tumba de Theo, juntas como si fuesen una. En ese mismo lugar los cuervos volaban y se posaban en los árboles, crías de las crías que Van Gogh pintó en las últimas horas de su vida. Uno los ve y piensa: “Estos son los mismos cuervos que pintó Van Gogh”.
Al fin de la tarde descubrí la iglesia, recordé la pintura y lamenté que no estuviese exhibida allí, para verla nuevamente y sentir el espíritu del paisaje con mayor profundidad. Porque el cuadro es algo más, más que la naturaleza misma. Está el paisaje, y está el espíritu del hombre que lo pintó: la arquitectura de la iglesia es recta, sólida; pero la iglesia pintada tiene un dibujo blando, dramático, y una luz extraña, surreal. Es algo que pasa con el arte, que contiene a pesar de la tragedia, de su enorme dramatismo, una enorme belleza; es el valor de una obra, que te sacude y que a la vez gozás. Que hiere y al mismo tiempo acaricia el alma.
Felipe Pino
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