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Estados alterados

Fragmento de la entrevista a Jorge Pietra realizada por Ernesto Montequin para el suplemento Radar del diario Página 12 el 4 de octubre de 1998

¿De dónde viene esa naturalidad con lo alucinatorio que hay en su pintura?
-Bueno, de chico era muy lector de comics, y me gustaba muchísimo reproducirlos. Yo era un pibe de barrio (vivía en Colegiales pero nací en Avellaneda) y todo esos dibujos que hacía me parecían inservibles. A los 17 años, mi hermano me dijo: “Vos tenés que entrar en la escuela de Bellas Artes”. Hasta ese momento mi formación intelectual, con respecto del arte, era prácticamente nula. Pero tenía arranques furiosos en que compraba témperas y pintaba, muchas veces tomando al pie de la letra imágenes de pintores como Utrillo y Quinquela Martín. Me atraía mucho toda esa cosa del empaste, la sobrecarga de materia sobre la tela, y sobre todo el hecho de pintar la ciudad, los puentes, esos elementos del paisaje urbano que yo veía todos los días.


¿El hecho de consumir alucinógenos tuvo un efecto importante en su obra?
-Yo estuve muy influenciado por la psicodelia y por la lectura de Allen Ginsberg, de Kerouac, y de libros como Los tarahumara de Artaud, que me había provocado una curiosidad muy grande. De hecho, a comienzos de los 70 tomé por primera vez LSD y fue otra revelación. Creo que esa experiencia fijó definitivamente mi búsqueda pictórica.


Después vino el viaje iniciático por Latinoamérica...
-Ese primer viaje duró seis meses, recorrí Perú, Ecuador, el sur de Colombia y me metí a explorar el Amazonas. En ese momento la droga no era una experiencia tan ligera como lo es ahora; era una forma de conocimiento, un modo de acceder a toda una cultura. Para ser franco, confiesoque una de las experiencias más intensas que tuve en mi vida fue esa primera vez que tomé LSD, acá en Buenos Aires, en el arroyo Cascallares, en Moreno. Fue un día que duró cien años. Después, en Perú probé la ayahuasca y fue como hacer un viaje a las estrellas.


Obviamente, esas experiencias lisérgicas le suscitaban imágenes...
-Yo iba en búsqueda de imágenes, y todas esas imágenes que absorbía fue lo que muchas veces intenté volcar sobre la tela. Creo que todas esas experiencias forman una especie de materia prima que dura hasta ahora.


¿Cuáles fueron sus primeras muestras individuales?
-Mi primera muestra de dibujos se llamó, por sugerencia de Noé, Espacios Añicos y se inauguró el mismo día del golpe de Estado del ‘76. Me acuerdo de que yo iba camino a la inauguración, en la galería Carmen Waugh que estaba en Florida al 900, y la calle San Martín estaba repleta de tanques. En la galería todo el mundo hablaba de eso, era una pálida, se veía venir una cosa muy pesada.


¿Para entonces ya había tomado contacto con otros artistas, además de Noé?
-Sí, en Bellas Artes me había hecho amigo de Stupía, de Pino, de Pirozzi y de Duilio Pierri. Todos formábamos una suerte de grupo y expusimos juntos muchas veces. La última vez fue en Sangre Italiana, una colectiva que se exhibió en el Museo de Arte Moderno en 1996, donde también participó Marcia Schvartz.


Después de esa primera muestra comenzó un largo derrotero por Latinoamérica y España. ¿Qué pasó con su obra en esos años?
-Después de Espacios Añicos fui invitado a exponer en Lima, donde me quedé un tiempo, y después seguí viaje hasta México. Esa fue una etapa muy rica, dibujé muchísimo, y muchos de esos dibujos que están en esta muestra son de esa época. México es muy fuerte pictóricamente: la luz, las calles, los colores con los que pintan las casas. Una vez escuché un reportaje que le hicieron por la radio a Tamayo, donde él decía que el azul que usaba era el mismo azul con el que la gente pintaba las casas. Ese azul eléctrico es el mismo que intento recuperar en mis cuadros; es un pigmento en polvo que preparo yo mismo, y que antiguamente se usaba en el teatro para pintar escenografías.


Y después viene el regreso a Buenos Aires y el Premio Braque en 1982...
-En realidad vuelvo porque experimento como una fractura: que todo lo que había hecho desde Espacios Añicos hasta ese momento era un extravío. Por otra parte, la represión había aflojado un poco, ya no era tan densa. Las obras que pinté en ese momento son casi abstractas, están despojadas de figuras humanas, pero repletas de espacios rotos, espejos fragmentados y formas contorsionadas. Eran como maquinarias que apresan espacios. Con una de estas obras gané el Braque, y me fui un año a París.


En ese momento estaban en pleno auge la Transvanguardia y el neoexpresionismo en Europa. ¿Tuvo eso algún impacto en su obra?
-Bueno, Europa en sí produjo un giro muy positivo para mi trabajo. No sólo la Transvanguardia y el neoexpresionismo: también vi retrospectivas espectaculares, como las de Matisse, Monet y Picasso... Había muestras que te emborrachaban de energía. Ese año en París pinté como un poseso: cuando volví, traje tantos rollos de pinturas que en Ezeiza no me los dejaron pasar. Tenía que hacer una muestra al poco tiempo (Alberto Elía me había llamado a París para ofrecerme una exposición en su galería) y tuvimos que hacer un trámite burocrático terrible para poder sacarlas.


¿Cuándo comenzó a trabajar en el Teatro Colón?
-Después de esa muestra en lo de Alberto Elía, que se llamó Recuerdos de Colegiales, ingreso en el Colón como realizador escenográfico. Ahí empieza otro viaje, que me permite explorar otro mundo donde lo cotidiano y la ficción están entrelazados: a veces llegás a trabajar a la mañana con tu rollo en la cabeza y te cruzás con tres utileros cargando un Cristo crucificado, o montando un César de cartón arriba de un caballo de madera. A mí me gusta navegar en esa multiplicidad de imágenes, con todo lo que eso tiene de absurdo.


Hace un momento usted hablaba de su inseguridad. ¿Está relacionada con la mirada de los críticos sobre su obra?
-No, a excepción de Miguel Briante (con quien coincidíamos en diversos aspectos, tal vez porque él también era un creador o un belicoso incurable), la mirada de los críticos siempre me ha parecido un poco distante, fría. Confieso que no tengo buena relación con los críticos. Mejor dicho: no tengo relación con ellos. Pero me da la sensación de que no hay un seguimiento, una profundización en la lectura de las obras. Quizás en ese aspecto son superficiales a veces: analizan cosas pero sin tener en cuenta la trayectoria de un artista, y yo lo he sentido en carne propia porque, como expongo medio salteado, no se sabe de dónde surjo, ni a qué generación pertenezco, o si realmente existo.


Para simplificarles la vida, ¿de dónde viene su obra o cuáles serían las influencias decisivas que tuvo de artistas argentinos?
-Mi propia genealogía estaría integrada, a grandes rasgos, por Xul Solar, Quinquela Martín, Berni y los artistas de la Nueva Figuración: Noé, Macció, Deira y De la Vega. Si es que es lícito que un pintor confiese algo así.
 

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